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La Coctelera

BACANAL II

De repente, unas suaves manos se posaron en sus nalgas, descubriéndolas. Entonces, sobresaltado, notó unos finos dedos separando sus cachetes, mientras una HÚmeda y hábil lengua se deslizaba, cual culebra, por las carnosas paredes de su esfínter.

BACANAL

Entre el mar de lascivos cuerpos, un grupo de 6 muchachas y 2 hombres atrajo la atención de Herácles.

Ellas, extasiadas, casi poseídas, lamían, alternativamente, hasta atragantarse, los erectos falos de sus compañeros. Y, siguieron haciéndolo, hasta que ellos, rendidos al placer, se vaciaron en sus gargantas.

FIESTAS PÁNICAS

Entonces, allá, a lo lejos, se oyeron flautas, canciones y estridentes risas.

Al irse acercando, Herácles percibió el olor a vino, además de los excitados jadeos de hombres y mujeres. Así, fue consciente de estar presenciando las famosas fiestas Pánicas.

ARCADIA II

Aquel territorio, agreste y pobre, le recordó su condición de esclavo. No obstante, esas montañas, calizas, escarpadas, picudas, con aquellas magníficas cuevas, excavadas, gota a gota, por el agua, en la inamovible roca, le devolvían las esperanzas de ser libre.

Además, otear el valle le inundó de paz.

ARCADIA

Habiendo enterrado a Folo, al pie del monte, Herácles marchó a Arcadia, donde hay hombres valientes, para apresar, vivo, al extraño jabalí carnívoro, cuyo morro estaba coronado por un retorcido cuerno.

HOMENAJE

Después de poner, para el barquero, un talento, en la boca de Folo, Herácles lo ungió, con aceite de nardos y cubriólo de pétalos de azahar. Era lo justo.

Tres días, le lloró. Y, no comió, ni bebió. Además, durante el plañir, golpeó, amargamente, su pecho y, tras cortarse, echó polvo sobre sí, porque Folo ya no era

ENTIERRO

A Folo, le extrañó que, tan nímias saétas, hubiesen acabado con todos los fornidos centauros.

Curioso, examinó una flecha. Con tan mala suerte, que se la clavó, en su pata delantera izquierda.

DEFENSOR

Para auxiliar a Folo, Herácles disparó sus 12 flechas, cuyas puntas, untadas del veneno del monstruo de Lerna, fueron mortales, para los fantásticos centauros.

Así salvó Herácles a Folo, sin imaginar cuan pronto lloraría su muerte.