EL TUERTO
Al rededor de la mesa, todo el consejo, las 33 personas mas influyentes del continente negro estaban reunídas, esperando, impacientes, a su líder.
Su retraso hizo brotar la hiel de las lenguas descuidadas. De modo que dignatarios empezaron a chismorrear, como viejas resentidas.
No obstante, cuando el paso firme de Rashid Abdel Cadés activó el mecanismo de la puerta corrediza, el silencio entró en la estancia, raudo, como los ocelotes.
El tuerto general barrió la habitación, con su ojo bueno, acusando silenciosamente a los lenguaraces.
Con su sempiterna cobra al cuello, tomó asiento y tamborileó en la mesa, con sus dedos de titánio.