EL EMBAJADOR
El día amaneció radiante. El disco solar, allá, en lo alto, auguraba un buen año, para todos.
Cada quien tenía sus deséos:
El labrador, que el campo diera frutos, el comerciante, que sus productos se vendieran bien, el amante, ser correspondido y el pobre, tener, al menos, un didak, para pasar la jornada.
El faruk africano, que mesaba su barba, con la fría mano de titánio, también tenía un anhelo.
El embajador chino se mostró yerático, ante las lisonjas del premier egipcio. Sabía que la nueva presa de Al MAGMAUDILLA era sólo un pretexto.
Sonriéron, como lo hacen los lobos y se dieron las respectivas zarpas.