EL WERKRAM DE RALOK
Cuando Ralok cayó, sobre el negruzco polvo del desierto de Dursa, nadie lloró por él, porque era un ejecutor, una serpiente a sueldo de un tirano, un despreciable mofat.
En ellos, en sus inmundos cuerpos de reptíl, en sus almas de furia, de ceniza, no cabía el honor, sólo la rabia, la íra de la fiera atrapada en el cepo.
Eso creían todos. Todos tenían miedo, terror cerval, al oler el efrud, hedionda marca territorial, que desprendían sus escorpinas y gigantescas colas.
Eran soldados fieros, implacables recolectores de cabezas rebeldes.
Pero, para el imperio, sólo eran perros de presa, parias, condenados a muerte, que cambian su condena por otra, más amarga.
Y la horrenda cabeza de Ralok sigue, enhiesta, en la duna de Marat, a 3 metros de Kifu, el hombre que fue.