TALLÉRES
Tres turnos, ocho horas, 222 hombres en cada tanda. Callados, a lo suyo, sin confraternizar, más que para lo necesario.
Los rollos de cobre presidían la estancia. Gigantéscos, silenciosos, enroscados, como serpientes amarillas, colaborában, involuntáriamente, con los terríbles mofats, en amedrentar el ánimo de los presos.
Jafét, que había sido designado descuidero, esa mañana, hervía de miedo, cada vez que afanába un tanto de aquel brillante cobre.