MONTAJE
Rami estaba quieto, inmóvil, respirando lo justo. Silente y atento, esperó a no oír un alma, en la galería 4, para empezar su trabajo.
Una celda de aislamiento era el lugar idóneo para su taréa. Nadie le molestaba. Allí, él era humo.
Sólo Nashri, el viejo que repartía la comida, se acordaba de llevárle un currusco de pan negro, un cus cus y, últimamente, como artículo de lujo, cables de cobre, resistencias y pequeñas baterías. En fin, lo necesario, para ensamblar varias bombas, de pequeño alcance, pero con disruptores sónicos, capáces de inutilizar cualquier electromecanismo de la prisión, incluídas cámaras de vigilancia y supresores selectivos de oxígeno.
Cuando los juguetítos estában acabados, el inofensivo Nashri los íba colocándo en lugares estratégicamente escogídos.