UN DIOS TRAVIESO
Es de noche. Morféo echa su soñoliento manto sobre Tébas, la segunda ciudad más digna de la Hélade, tras Esparta.
El ágora, vacía, exánime, sólo alberga la sombra encorvada de Eugénio, un meteco ateniense, cuyos cegádos ojos, veían el futuro, por un dracma.
A Héctor, un joven tebáno, de rojas y dionisíacas mejillas, que, al ser huérfano, no teniendo donde recogerse, vive, como Diógenes, en un tonél, le encantan las hazañas que el anciano le cuenta. Hoy hablan del semidios tebáno, Herácles. Escuchémos la perorata.