CON ZÉUS, EN EL LECHO
- Cuéntame más de Herácles, Eugénio- suplicó el muchácho-
- Primero, honrémos a Dionísos como se merece. Con un trago de vino tebáno- dijo el ciégo- echándo mano a la bota, que reposába, a su derecha. Bebió dos largos gargantéos, antes de pasársela a Héctor, que le imitó, e incluso añadió un tercer bucházo.
- Bien, ahóra, que el néctar de la parra a llamádo a las músas, para que soltásen mi lengua, hablemos de Alcmena, la madre de Herácles. Pero, antes, sé mis ojos, y di si viéne álguien-
- Nadie hay-
- Pues que la blonda Alcmena, joven esposa de Anfitrión, el rey, era bella, de redondeádos senos, rosádas aureólas, matronáles caderas y suculentos labios.
Madre de todas las zorras, o , al menos, en pugna con Yocasta y Helena, lamió, más de tres veces, todo prepúcio coetáneo.
A Zéus, etérno frecuentador de cortesanas, le encantó aquella feladora incansable. Y, aprovechando la larga ausencia de Anfitrió, que penába en la guerra, yació, con ella, en todas las postúras imaginables.