SORPRENDIDA
Desde atrás, las caderas de Alcmena se veían moverse, acompasadas. Rítmicamente, acercaban el ano de la reína a la boca del cronída. Quien, como un perro, lamía el trasero de su hembra.
Los gemídos de Alcmena se aceleráron, cuando los divinos dedos profanáron su recto. El esfínter se abrió, como una noble puerta, dando acceso a un orgasmo sin precedentes.
La flor de la joven se había humedecido. Y ella se abrió, para que el tronante falo de Zéus descargase su sémen.
Entonces, sorprendida, reconoció el relincho de Dámaris, la montura de su esposo.