AMA DE CRÍA
Y, Herácles siguió creciendo, sano y fuerte, extraordinariamente fuerte. Como las rocas más altas y picudas del Olímpo. Ésas que, al rozar las inmateriales nubes, parecen invulnerables.
Zéus, su padre, que, transmutado en halcón, en rayo o en brisa, rondaba siempre entorno a él y a su madre, estaba, sin embargo, preocupado, pues, el chiquillo tenía hambre de lobo. Mamaba y mamaba, hasta dejar resecos los cántaros de Alcmena.
Así, pues, el cronída resolviose a llevárselo a Hera, para que le diera el pecho.
Aunque, claro, para ello, debería embaucarla, porque mucho era el rencor de la diosa, hacia el niño y su madre.