VÍA LÁCTEA
Tras mucho discurrir, Zéus decidió apelar a la compasión de su divina esposa. Quería enternecer su instinto maternal, mostrándole al pequeño Herácles bajo otra apariencia.
Para ello, nubló el entendimiento de Hera, de modo que, cuando viera al retoño no reconociera, en el, al perseida, sinó a un pequeño y desvalido dorio.
La treta surtió el efecto deseado. Y, aquella noche, Hera, al mirar la cunita de Herácles, no sintió odio. Mas, sí, ganas de mecerlo y susurrarle dulzuras al oído.
- Hérmes- ordenó- trae al niño espartano. Está solo y los lobos aúllan, cerca de su ventana. Anda, súbelo acá, no sea que lo maten-