VÍA LÁCTEA II
Para no contrariar a Hera, Hérmes, aunque veía claramente que el infante no era un niño dorio, sinó el tebáno, Herácles, fue a buscarlo, impulsado por sus aladas sandalias, trayéndoselo, envuelto en una mantita de lino, tejida por la misma reína del Olímpo, para resguardarlo del frío.
La sempiterna diosa lo tuvo en brazos, lo arrulló, como el calmoso río mece al flexible junco. Sin íra, sin hogueras en los ojos. Le dio el pecho, tranquila, sosegada, hasta que un mal pálpito aclaró su vista, de repente.
Dándose cuenta del engaño, en el que habían participado todos los inmortales, arrancó al nene de su pezón y un chorro de leche inundó el firmamento.