EL JUICIO
Y la polis llegó a saber del hecho. Así que se convocó a Herácles, que fue a la vista.
Ignominioso fue, para Anfitrión, que el nombre de la casa real se mencionase, en pública audiencia. Por eso, su apoyo no fue mucho.
En el ágora se murmuraba sobre el caso. Y no había a quien le faltase opinión, pues ya se sabe que las opiniones son como los culos: Todo el mundo tiene una.
Ironicamente, en contra de Herácles jugaba el don más visible en él, otorgado por su padre, Zéus, su extraordinaria fuerza.
Nadie entendía, al ver su marcada musculatura, que un pusilanime profesor de música pudiera amedrentarlo.