EL BOSQUE
Aquel buen hombre le enseñó a desenvolverse, donde el macho, el varón euforme, mejor se siente. En el campo, fuera de las lindezas de la corte.
Allí, Herácles cansaba su bilis, segando, a dos manos, con potentes brazadas.
Sus magníficos hombros giraban, como ruedas de molino, dejando, a su paso, resegadas las rubias mieses.
Al comprender su fuerza descomunal, Teutaro le encomendó desjarretar reses, sólo con sus manos, desnudas.
Pero, aunque no precisaba de ellas, al joven semidios, le atraían las armas. Sobre todo, la enorme y afilada hacha de su mentor, que cuando no estaba siendo usada, para talar un pino, reposaba, colgada de un sempiterno clavo, anclado a la pared.
Teutaro la mimaba, como a una mujer caprichosa, pues había pertenecido a su padre.
Por eso, cuando aquella invernal mañana, en la que madrugaron, para derribar un seco castaño, con el que fabricar una mesa, sillas y sacar buenos leños, para el fuego, el viejo le dijo:
- Hoy iremos al bosque. Y ya no arrancarás el árbol abrazándolo, como un animal. Toma mi herramienta. Ahora, es tuya, pues, tú eres un hijo, para mí- Herácles se emocionó, apreciando el gesto, en lo que valía-