OFRENDAS
A la mañana siguiente, después de entregar el excelente arco y las divinas saetas a su tutelado, Teutaro tomó a Herácles, que lucía una perenne y agradecida sonrisa, y le dijo:
- Herácles, hijo. Tu padre, Zéus, me confió esas argénteas flechas, para ti, porque su corazón está orgulloso de tu hombría. Pero, los hombres, no sólo deben ser fuertes y diestros en el manejo de las armas, como el implacable Hares, sinó, también, agradecidos, con quien nos favorece-
Entonces, Herácles abrazó a Teutaro y lo elevó, como a una pluma.
- No a mí, pero, sí, a tu divino padre, debes ofrendarle el mejor carnero. Que esa es la manera en que los mortales agasajamos a los inmortales, desde el inicio de los tiempos-
Escogieron, pues, un gran cabrón, lo llevaron, sin lucha, a un claro, donde prepararon un altar, y, allí, tras una seña de Teutaro, Herácles le quebró la cerviz.
Los dos descoyuntaron al enorme carnero y dispusieron sus muslos, sobre brasas, diciendo:
- Oh, Zeus, tú, que todo ves, mira, que estamos ofrendando, en recuerdo de tus dádivas, para que no te enojes. Ve, aquí a tu siervo y a tu hijo, a quien, Anfitrión su padrastro, me encomendó. Que es buen muchacho, aunque, brutote. Y que, piadosamente, ha descalabrado esta res, para ti-
Y, el cronída aprobó el sacrificio, comiendo los muslos, con ellos.