Diecisiete años y medio tenía Herácles, cuando aconteció lo que relataré.

Pues, que era el guardés de los apriscos del rey, Teutaro los encerraba, cada noche, en el redil. Así, estaba tranquilo y seguro de que el ganado real estaba protegido.

Con varas de roble, el viejo pastor y el muchacho, arreaban las reses, hacia el cercado.

300 cabezas, entre: vacas, ovejas y cabras. Era difícil controlar aquel ejército de cencerros, cuando se ponían cabezotas. Pero, Astión, un ágil perro, de orejas puntiagudas y acanelado pelaje, mordisqueaba las patas de los rezagados, dirigiéndolas dentro del recinto.

Y, tan diligentes eran, en su oficio, que, en 3 años, pastoreando el regio rebaño, no habían perdido una cabeza. Pareciera que las alimañas respetaban, como por encanto, la propiedad del monarca.

Fue así, hasta que el señor de la fauna, un león solitario, de melena anaranjada, potentes cuartos delanteros y oscuras fauces, tuvo hambre. Aquella madrugada, tras su áspero rugido, cayéron 4 terneros, los mejores de la vacada, y Astión, que intentó protegerlos.