MIEDO
Cuando vio la dantesca escena, Teutaro se llenó de temor al rey. Su tuétano se heló, pues, sabía que la vida de las reses se le reclamaría. Y, si no podía responder en metálico, Anfitrión exigiría su alma.
Irene, su mujer, honrrando su nombre, trató de apaciguarlo, preparándole un tazón de leche y miel, pero, el asustado pastor no se calmaba.
Herácles, sensible a la aflicción de quienes habian sido padres, para él, dijo:
- No os aflijáis, mi padrastro no cortará la cabeza de Teutaro, porque yo mataré al león, cuya fresca huella vimos, cerca del vallado, y entregaré su melenuda testud a la casa del rey, como pago, por la sangre de la vacada, que no vale más que la vuestra-
Desde aquella noche, Herácles durmió al raso, con el aprisco, esperando a que rugiera, el gran felino.